Ismaíl Kadaré.

7° de mis #librosen2025. «El palacio de los sueños», escrito en 1981 por Ismaíl Kadaré y publicado en 2007 en español por Alianza editorial.
Traducción de Ramón Sánchez Lizarralde.
1.475 #páginasleídasen2025.
La vida, en ocasiones, se apodera del timón de mi nave y, sin preguntar pero sabiendo lo que hace, con autonomía y atendiendo a lo bien que me conoce, me saca del camino.
En la lectura, las guías del camino son mis notas; tengo apps de notas y hojas Excel para todo, y entre ellas hay diferentes listas de lecturas pendientes: una por cada año que vivo, una interminable para los libros que descubro y se convierten en candidatos sine die, otra con las posibles compras de la próxima feria del libro de Madrid… Y yo tenía estos primeros meses de 2025 perfectamente tejidos, las lecturas organizadas con minuciosidad y los planes trazados con tiralíneas, pero entonces llegó Vir —llego la vida, llegó ella— y, el día después de añadir «El palacio de los sueños» a mi lista de deseos de 2025, ¡pum! me lo regaló. ¡El día de después! ¡Sin saber que yo la acababa de catalogar como deseable! Si esto no es saber con quién compartes la vida, si esto no es amor, yo no sé…
El libro, por supuesto, ha cumplido con las expectativas. Es una bajada kafkiana a los infiernos del comunismo de la Europa del este en el cénit de su existencia, y está ambientado en otro lugar y otra época para pasar la censura que siempre acechó al bueno de Kadaré. En él, Mark-Alem, un alter ego del Dante protagonista en «La Comedia», es un joven de buena familia albanesa que empieza a trabajar de funcionario en el Tabir Saray, un inquietante organismo del Imperio Otomano encargado de rastrear los sueños de sus ciudadanos en busca de amenazas para el régimen. Y, a partir de ahí, se monta gorda, claro, como en una buena distopía, como en «1984» o en «Un mundo feliz».
Pero lo mejor del libro es la influencia que tiene del infierno de Dante, porque todo está sumido en una bruma soñolienta de amargura y pesadilla: los laberínticos pasillos del palacio como los cantos del infierno, los ecos de los pasos del protagonista como las pisadas y la sombra del cuerpo de Dante, el bullicio de los trabajadores en las pausas del café como las almas que vagan por el inframundo… Todo es infernal en el sentido más propio de la palabra, todo es digno del infierno que Dante ideó en 1321.
«El palacio de los sueños» es un laberinto literario —y me viene a la cabeza, ahora, Borges, pero creo que eso es, ya, ir demasiado lejos— en el que conviven el mundo de los sueños de los ciudadanos en contraposición a sus vigilias, como el infierno se antepuso al purgatorio y el paraíso seiscientos años atrás. Y no sé quién es aquí Virgilio, ni quién el poderoso visir (el tío de Mark-Alem) en «La Comedia»; no sé quiénes encarnan los encuentros del viaje de Dante en esta crítica anti totalitaria, pero no dejo de ver similitudes entre una obra y otra, y eso ha hecho de esta inmersión literaria una de las mejores de los últimos años.
Gracias, Ismaíl; gracias, Dante; gracias, Virginia.