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Carta de renuncia a una vida

La vida es curiosa, mucho, y yo se lo agradezco. Cada paso que doy y cada puerta que he abierto (y cerrado) me han traído aquí, a esta habitación de esta casa que me sostiene. Ella es, junto a quien la comparte conmigo, el flotador al que me agarro en la tormenta, en el temblor. Porque la vida, como yo la conocía, ya no es. No pasa nada, no se acaba el mundo; empieza otro, de hecho, que ilusiona. Pero hoy me despido de una forma de caminar.

Después de dos décadas en un trabajo que amaba, este primer mes de 2026 me bajan el sueldo, y eso, con cincuenta años y más de nueve mil días de vida laboral en la espalda, es inaceptable. No lo puedo dejar, la cinta sigue rodando; esta casa continua con sus regalos y sus facturas, y yo sigo teniendo que comer, vestir y salir de vermús, pero este trabajo en el que llevo desde 2004, no va a ser el que me acompañe hasta la jubilación. Ya no. Así que, en contra de mi voluntad, cambio de vía, giro en el cruce, renuncio a una vida.

Y ¿qué se lleva por delante esta renuncia? la escritura (que no los libros), y la lectura (que no el estudio de los libros), porque no va a haber tiempo ni dinero para escribir y asistir a la Escuela de Imaginadores, ni para leer al ritmo de antes. Tampoco para mover las dos novelas que tengo sin publicar, ni para alimentar con asiduidad mis redes sociales. Todo se queda en un cajón, al menos por ahora. Porque vuelvo a estudiar —veinticinco años después—, y lo hago con todo lo que supone presentarse a una oposición sin dejar el trabajo; una disciplina incompatible con la que era mi vida. No sé si llegaré a ser bibliotecario algún día. Lo deseo con ganas, pero es difícil. El caso es que no tengo elección. Éste es el único camino que me parece razonable, y ya lo estoy andando.

Espero llegar a algún sitio, y, si es así, volver a escribir y leer como antes, y a compartir mis cafés, de verdad lo espero. Pero, mientras, sirva esta carta como renuncia a una vida.